El Contrato Social
Jean-Jacques Rousseau ha pasado a la posteridad como gran defensor de la bondad del hombre: el ser humano, viene a decirnos, es bueno por naturaleza y solo se corrompe cuando vive en sociedad. Los males, sin embargo, surgen de cierto tipo de sociedad: aquella en la que las personas no han podido elegir libremente su contrato social. Esta idea constituía un mensaje claro y directo en favor de la libertad y caló hondo en las mentes de los primeros revolucionarios franceses. Desde entonces ha avivado el debate sobre cómo gobernarnos y se ha erigido en una declaración fundamental para nuestras democracias.
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Jean-Jacques Rousseau, una figura central y compleja del pensamiento europeo, nació en Ginebra el 28 de junio de 1712. Huérfano de madre a los pocos días de nacer, su crianza inicial estuvo a cargo de su padre, un relojero, y posteriormente de su tío materno, lo que marcó una educación autodidacta y una vida temprana de constante movimiento y búsqueda de conocimiento. A pesar de ser considerado un pensador de la Ilustración, Rousseau se desmarcó con profundas críticas a la sociedad de su época, argumentando que el progreso de las ciencias y las artes no necesariamente mejoraba la moral humana, sino que a menudo la corrompía. Su obra abarcó diversas áreas, desde la filosofía política y la pedagogía hasta la música y la botánica, dejando un legado que influiría decisivamente en la Revolución Francesa y en el desarrollo del Romanticismo. Entre sus contribuciones más influyentes se encuentran su "Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres" (1755), donde postuló que la propiedad privada es la raíz de las desigualdades sociales. Su obra cumbre, "El Contrato Social" (1762), exploró la teoría de un orden político legítimo basado en la voluntad general, un concepto trascendental para la soberanía popular. Ese mismo año publicó "Emilio, o de la educación", un tratado pedagógico que defendía una educación natural centrada en el niño. Las ideas de Rousseau también se manifestaron en su novela sentimental "Julia, o la nueva Eloísa" (1761), precursora del prerromanticismo. Los últimos años de su vida, marcados por la paranoia, transcurrieron entre París y Ermenonville, donde falleció el 2 de julio de 1778. En 1794, sus restos fueron trasladados al Panteón de París, honrándolo como héroe nacional.
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